Publicada: domingo, 7 de junio de 2026 13:56

La política de máxima presión que Estados Unidos ha desplegado contra la República Islámica de Irán desde 1979 a la fecha constituye, a todas luces, una estrategia sostenida de ataque y contención frente a la positiva influencia de la revolución islámica en la región.

En ese marco, las guerras impulsadas contra la nación persa marcan un punto de inflexión sin retorno: nada volverá a ser igual desde que la revolución islámica se consolidó como un referente para el sur global.

Washington orienta su accionar por objetivos de influencia regional, preservación de intereses estratégicos y control de recursos energéticos en Asia occidental. Esa política se expresa a través de una lógica de máxima presión en la que convergen sanciones, coerción diplomática, operaciones de desestabilización y amenazas militares, dentro de un marco más amplio de confrontación híbrida respaldado por el régimen sionista israelí.

Escenario que se ha intensificado a partir de junio de 2025, cuando se desencadena una guerra de agresión por parte del ente israelí, a la cual se incorpora Estados Unidos. Posteriormente, a fines de diciembre de 2025 e inicios de 2026, en el marco de manifestaciones ciudadanas pacíficas por dificultades económicas- catalizadas precisamente por décadas de sanciones y presiones - la alianza imperial sionista implementó variantes de la denominada guerra suave (1) con el objetivo final de desmoronar la revolución islámica, aunque ello significara un baño de sangre.

Tras el fracaso de esos intentos de golpe de Estado, del uso de grupos terroristas, de incursiones armadas de grupos extranjeros y de la presencia de los servicios de inteligencia de Estados Unidos e Israel, se desata entonces, a partir del 28 de febrero de 2026, la guerra de agresión más potente contra Irán, en esta ocasión desde el inicio entre el régimen sionista israelí y Estados Unidos.

Una guerra brutal que significó, en su primer día de acción, el magnicidio del líder religioso iraní, Seyed Ali Jamenei, y el asesinato, mediante un bombardeo masivo contra una escuela primaria en la ciudad de Minab, en la sureña provincia de Hormozgán, de 170 pequeñas estudiantes. Esa brutalidad se concreta bajo la impunidad que les otorga una comunidad internacional silente y timorata frente a la asociación Washington–Tel Aviv.

La construcción del enemigo

La presentación de Irán como una amenaza permanente por parte de Estados Unidos y sus aliados se ha convertido en uno de los ejes más visibles del discurso occidental sobre la región. Esa caracterización simplifica una realidad compleja y tiende a invisibilizar factores estructurales decisivos en la configuración del conflicto, que se hunden no sólo en las ambiciones por los recursos energéticos y el control de pasos marítimos, sino también en la necesidad del imperio y sus aliados de contener la creciente influencia positiva que Irán, la Federación de Rusia y la República Popular China han construido, estrechado lazos en múltiples esferas y ya con una larga data (2).

También debe considerarse el nacimiento de la entidad sionista israelí en 1948, convertida desde entonces en punta de lanza de las ambiciones occidentales en la región. Desde esa perspectiva, la presión sobre Teherán no responde únicamente a consideraciones de una seguridad más bien excusa y parte d ela mitomanía de las administraciones estadounidenses.  También busca limitar su margen de maniobra, erosionar su capacidad de proyección y condicionar la evolución interna de un actor que ha sostenido, durante décadas, una política de autonomía frente a los centros tradicionales de poder.

A lo anterior hay que sumar la confrontación contra el sionismo y sus aliados regionales, conformado por una serie de monarquías feudales, que no sólo se someten, en forma indigna, sino que actúan como  bases militares contra Irán y el eje de la resistencia en su conjunto. En este plano, la conformación y el desarrollo del eje de la resistencia han sido fundamentales. Así, la disputa con Irán excede el plano estrictamente bilateral y se inscribe en una competencia más amplia por la influencia en un espacio decisivo para la estabilidad regional, las rutas estratégicas y la arquitectura energética internacional.

La guerra híbrida, en este contexto, aparece como una estrategia de presión integral: combina herramientas económicas, diplomáticas, comunicacionales y de seguridad para limitar la autonomía iraní y, al mismo tiempo, proyectar una señal de disciplina forzada sobre el resto de los actores regionales que buscan preservar su soberanía, autodeterminación e incluso su propia sobrevivencia como países.

Para llevar a cabo esta estrategia, Estados Unidos, con el apoyo de su apéndice regional sionista, despliega los siguientes instrumentos de presión:

  • Instrumentalización de organismos internacionales. Washington recurre a instancias multilaterales para respaldar sanciones, bloqueos y mecanismos de presión política, tensionando el papel que esas instituciones deberían cumplir dentro de un orden internacional regido por normas comunes. Presionar, chantajear y efectuar políticas de presión sin autorización de los organismos competentes.
  • Implementación de una guerra mediática, manipulación y desinformación. La disputa también se libra en el terreno del relato, mediante encuadres informativos que consolidan la imagen de Irán como amenaza, simplifican el conflicto y pretenden facilitar la legitimación internacional de políticas de presión.
  • Apoyo a actores no estatales. Los ataques contra Irán se apoyan, en redes informales y estructuras armadas irregulares, utilizadas para presionar zonas sensibles, desestabilizar espacios fronterizos y tratar de erosionar la capacidad de respuesta del Estado iraní. Igualmente, Estados Unidos, parte de sus aliados europeos, Israel y varias monarquías del golfo Pérsico son actores que, directa o indirectamente, respaldan mecanismos de presión sobre el entorno iraní y sobre los equilibrios políticos de la región.
  • Ataques multidimensionales. La ofensiva descrita incluye sabotajes informáticos, restricciones sobre puertos y rutas comerciales, así como presiones económicas orientadas a debilitar áreas sensibles de la actividad productiva, financiera y logística iraní.

Negociaciones, presión económica y manejo del mercado

Las conversaciones indirectas entre Irán y Estados Unidos se presentan hoy como un proceso frágil y estancado, en virtud del incumplimiento de Washington respecto de aquellos puntos que, para Irán, son irrenunciables: exigir que su proxy regional (Israel), cese sus ataques contra el Líbano, así como contra instalaciones militares y civiles iraníes. A ello se suma el desacuerdo en torno al programa nuclear iraní, al alcance real de las sanciones y al lugar que Teherán ocupa dentro del equilibrio regional, sobre todo si se considera que Irán controla el estrecho de Ormuz.

En ese escenario, la comunicación política de la Casa Blanca adquiere un papel relevante. La presentación de avances tentativos como si fueran acuerdos consolidados sugiere, según esta lectura, una estrategia orientada tanto a la escena internacional como al frente interno estadounidense. Los anuncios de distensión, en ese sentido, cumplen también una función económica y simbólica: moderan la percepción de riesgo, ordenan expectativas y ofrecen márgenes de gobernabilidad en medio de un contexto internacional volátil.

Las propias declaraciones de Trump buscan vincular ese relato con la dinámica de los movimientos financieros y energéticos, lo que revelaría hasta qué punto la política exterior, los mercados y la narrativa pública pueden entrelazarse en momentos de tensión geopolítica. A ello se suma la presión sobre la OPEP, ejemplificada en las presiones contra los Emiratos Árabes Unidos para forzar su salida de esta organización, y sobre países exportadores de crudo, en un intento por amortiguar los efectos inflacionarios derivados de las sanciones y de la incertidumbre en los mercados energéticos.

Escalada, costo humano y límites de la coerción

La progresión de la agresión imperial sionista contra Irán y el endurecimiento de las restricciones económicas profundizan un escenario que hace prever, más que un cese al fuego permanente, una reanudación del conflicto. Se ha consolidado así un cuadro de alta fragilidad en el que, junto con el bloqueo y la presión sobre infraestructuras sensibles, se han multiplicado los costos sociales, económicos y humanos, afectando a la población civil y reforzando la idea de que las políticas de asfixia económica no se limitan a sus objetivos declarados.

A ello se suman las exigencias de Donald Trump respecto del control de las reservas de uranio enriquecido, que Estados Unidos pretende incorporar a una negociación profundamente asimétrica, en la que los incentivos financieros y comerciales operan como instrumentos de presión política y como mecanismos, para así tratar de condicionar la soberanía en la decisión iraní. Un Trump que, en forma amenazante afirma que, su gobierno no necesita un acuerdo con Irán para hacerse de su uranio enriquecido (3)

Sin embargo, la experiencia acumulada en las últimas décadas también muestra los límites de esa estrategia. Teherán ha desarrollado mecanismos de adaptación, vínculos externos y capacidades de resiliencia que dificultan cualquier desenlace rápido construido desde fuera. Esa perseverancia ha convertido a Irán en un actor referencial para el sur global. Hoy se habla de la Revolución Islámica de Irán con respeto por su capacidad de resistencia, lucha y dignidad, en un entorno marcado por fuertes asimetrías de poder.

De allí que el discurso sobre un eventual cierre del conflicto deba leerse con cautela. Entre los anuncios políticos y la realidad estratégica persiste una distancia que impide hablar, por ahora, de una salida consolidada. El conflicto permanece abierto: porque las condiciones impuestas por Washington siguen chocando con principios básicos de soberanía y autodeterminación de la República Islámica de Irán . Sin un alivio real de las sanciones, sin garantías recíprocas y sin una reducción efectiva de la lógica de confrontación, cualquier salida seguirá siendo frágil y provisional.

La conclusión, en ese sentido, es inequívoca: ni la presión económica, ni la disputa narrativa, ni la amenaza constante han resuelto el problema de fondo. Antes bien, han contribuido a prolongar una confrontación que erosiona la estabilidad regional, tensiona los mercados energéticos y posterga cualquier horizonte serio de distensión duradera.

Hoy, para la población iraní, su gobierno y el liderazgo político, religioso y militar, así como para los pueblos que observan con expectativa el desenlace del conflicto, resulta imperativo:

Consolidar la dignidad, el valor y la firmeza de Irán frente a las amenazas cruzadas de Estados Unidos y el régimen israelí. Que la resiliencia y la capacidad de respuesta militar de Teherán se intensifiquen como factores fundamentales para contrarrestar las arremetidas de una alianza imperial que, ante su desesperación, golpea infraestructura civil y estratégica en Asia Occidental.

Evitar cualquier muestra de debilidad o repliegue de Irán que sólo envalentonaría al bloque imperial sionista, por lo que mantener el control soberano sobre puntos neurálgicos como el estrecho de Ormuz resulta innegociable. Irán es hoy un referente para nuestros pueblos, que se miran en el espejo del martirio, la entrega y el valor a toda prueba, que va más allá de su propia defensa como país.

 

Pablo Jofré Leal

Periodista. Analista Internacional.

Artículo para HispanTV


1. Estrategia que recibe diversas denominaciones pero que expresan lo mismo: intervención y acciones delictivas: Golpe Suave, Golpe de Estado blando, golpe no tradicional, y atribuida al politólogo Gene Sharp, de quien se sostiene recibió el encargo de la CIA estadounidense para llevar a cabo los puntos de esta estrategia de perturbación, social, económica y política en la República Popular Chinea en China el año 1989 y que posteriormente fue asumida por los servicios de inteligencia del régimen israelí y su ejército para apoyar la labor de los servicios de inteligencia occidentales en planes y acciones golpista. En la actualidad, a las acciones propias del “Golpe Suave” y sus cinco puntos esenciales, se une la denominada guerra judicial –lawfare– para llevar a cabo acciones de desestabilización y golpismo mediante mecanismos aparentemente legales

2. https://www.hispantv.com/noticias/defensa/536544/alianza-iran-rusia-china-eeuu

3. https://www.swissinfo.ch/spa/trump-insiste-en-que-el-uranio-enriquecido-de-ir%C3%A1n-debe-ser-entregado-a-estados-unidos/91472098