Por Xavier Villar
El refuerzo de activos navales y aéreos, el aumento de la retórica disuasoria y las señales de preparación operativa han reactivado un debate recurrente en Washington: hasta qué punto la amenaza creíble del uso de la fuerza puede alterar el comportamiento de Irán sin desencadenar una escalada regional difícil de contener.
Las autoridades iraníes han reiterado que cualquier ataque, incluso de alcance limitado, sería interpretado como una amenaza de carácter existencial y daría lugar a una respuesta proporcional. Esta formulación no debe leerse como una disposición a la escalada indiscriminada, sino como la expresión sintética de una doctrina de seguridad nacional forjada a lo largo de más de cuatro décadas de sanciones, coerción económica y confrontación indirecta con Estados Unidos y sus aliados. Desde esta perspectiva, la suposición de que una acción militar rápida y quirúrgica podría inducir una recalibración estratégica en Teherán resulta, como mínimo, cuestionable.
El núcleo del desacuerdo no es tanto militar como conceptual. En amplios sectores del pensamiento estratégico estadounidense persiste la suposición de que la superioridad tecnológica, la capacidad de proyección de fuerza y la rapidez operativa pueden traducirse en control de la escalada. En el caso iraní, sin embargo, esa suposición choca con una visión radicalmente distinta del conflicto, en la que la resistencia prolongada, la absorción de costes y la expansión gradual del teatro de confrontación forman parte del propio diseño disuasorio.
La experiencia acumulada sugiere que una eventual respuesta iraní no tendría por qué adoptar una forma lineal ni limitarse al plano de la confrontación convencional. Más probablemente, se articularía de manera gradual y multidimensional, buscando alterar el marco estratégico en el que se desarrolla el conflicto más que producir una victoria táctica inmediata. El objetivo no sería imponerse en una guerra frontal, un escenario que Irán nunca ha contemplado seriamente, sino ampliar el conflicto en el tiempo, el espacio y los dominios de confrontación, diluyendo la ventaja inicial del adversario y dificultando el control de los acontecimientos por parte del actor que inicia la acción militar.
Esta lógica se apoya en un principio relativamente claro: la disuasión mediante la posibilidad de una escalada costosa y difícil de gestionar. Frente a la superioridad aérea y naval occidental, Teherán podría recurrir a un conjunto de capacidades asimétricas que incluyen su posición geográfica dominante en torno al estrecho de Ormuz, una red de alianzas regionales cuidadosamente cultivada, capacidades de misiles de alcance medio y herramientas de presión económica, cibernética y marítima. En este sentido, la respuesta no tendría por qué concentrarse en objetivos militares convencionales, sino en nodos críticos cuya disrupción tendría efectos económicos y políticos más amplios, tanto a nivel regional como global.
Un elemento central de este enfoque es la selectividad. En caso de que países aliados de Washington participaran directa o indirectamente en una acción militar, es plausible que Irán calibrara su respuesta con el objetivo de enviar señales diferenciadas, priorizando la disuasión sobre el castigo indiscriminado. La lógica subyacente no sería la de la represalia inmediata, sino la de introducir fricciones dentro de cualquier coalición emergente, subrayando que la implicación en una escalada conlleva costes específicos y no siempre previsibles.
Jordania, por ejemplo, ocupa una posición estructuralmente vulnerable dentro del entramado regional. Su dependencia de la asistencia externa, la fragilidad de su equilibrio económico y la sensibilidad de su tejido social la convierten en un escenario donde incluso una disrupción limitada podría tener efectos políticos significativos. No se trataría necesariamente de un ataque directo a gran escala, sino de acciones destinadas a generar presión indirecta y a reforzar el mensaje de que la estabilidad interna no puede darse por descontada en un contexto de confrontación regional.
Emiratos Árabes Unidos presenta un perfil distinto, pero igualmente sensible. Pese a la retórica reciente de desescalada y a los esfuerzos por proyectar una imagen de neutralidad relativa, Abu Dabi sigue siendo percibido en Teherán como un nodo logístico, financiero y tecnológico clave dentro del ecosistema estratégico estadounidense. Interrupciones puntuales en infraestructuras críticas vinculadas al comercio, la aviación o la energía tendrían repercusiones que irían más allá del plano estrictamente regional, afectando a flujos económicos globales y reforzando la percepción de vulnerabilidad sistémica.
Más al norte, el Cáucaso también podría adquirir relevancia en determinados escenarios. Azerbaiyán, en particular, ocupa un lugar ambiguo en el cálculo iraní. Su papel como corredor energético hacia Europa y su cooperación en materia de seguridad con actores externos lo convierten en un eslabón sensible dentro de una estrategia orientada a ampliar el impacto del conflicto sin recurrir a una confrontación directa con grandes potencias. De nuevo, no se trataría de una escalada automática, sino de una posibilidad latente dentro de un abanico de opciones graduales.
Sin embargo, cualquier análisis que asuma una relación automática entre presión militar y resultados políticos favorables merece ser tratado con cautela. La historia reciente de la región ofrece múltiples ejemplos en los que la superioridad militar no se tradujo en control político duradero. En este contexto, la experiencia de Yemen resulta particularmente ilustrativa, aunque no directamente extrapolable.
Ansaralá, en Yemen, fue objeto durante meses de una intensa campaña de bombardeos liderada por Estados Unidos, concebida inicialmente como una operación destinada a restaurar la disuasión y a forzar un cambio de comportamiento rápido. El resultado fue un fracaso para Washington. Pese al impacto material de los ataques, el movimiento logró preservar sus capacidades esenciales, mantener la cohesión interna y evitar concesiones sustantivas. El alto el fuego alcanzado posteriormente no supuso una derrota estratégica para Ansaralá y, en términos relativos, contribuyó a erosionar uno de los mitos más persistentes del poder militar estadounidense: la idea de la invencibilidad operativa y de la capacidad de imponer resultados políticos mediante el uso limitado de la fuerza.
Las diferencias entre Yemen e Irán son evidentes y sustanciales. Irán es un Estado con instituciones consolidadas, una base industrial y científica significativa y un peso geopolítico incomparablemente mayor. Sin embargo, el precedente yemení invita a cuestionar algunos supuestos persistentes en la planificación estratégica occidental. En particular, pone de relieve que actores con altos umbrales de resistencia política y social pueden absorber costes significativos durante periodos prolongados sin modificar sus objetivos centrales. En estos contextos, el tiempo, la adaptación y la gestión de la escalada adquieren un peso comparable, y en muchos casos superior, al de la superioridad tecnológica o la capacidad de fuego inicial.
En un escenario iraní, además, la dimensión económica sería difícil de aislar del conflicto militar. Incluso disrupciones limitadas en infraestructuras energéticas clave podrían traducirse en aumentos significativos de precios y en una mayor volatilidad de los mercados, amplificando los efectos de la crisis mucho más allá de Oriente Próximo. El impacto no sería necesariamente inmediato ni uniforme, pero sí acumulativo, afectando a cadenas de suministro, expectativas inflacionarias y estabilidad financiera en economías ya sometidas a tensiones estructurales.
A ello se sumaría la posible activación gradual de aliados regionales, no como una reacción automática, sino como parte de una estrategia de presión escalonada. Desde el Mediterráneo oriental hasta el mar Rojo, la ampliación del teatro de operaciones introduciría capas adicionales de complejidad logística, política y diplomática. El uso de herramientas cibernéticas y de influencia, orientadas a perturbar infraestructuras críticas y a erosionar la cohesión interna de los adversarios, completaría este enfoque de confrontación multidominio.
Todo ello apunta a un problema central para los planificadores estratégicos: la dificultad de mantener un conflicto dentro de márgenes predecibles y favorables para quien inicia la acción militar. Para Teherán, la preservación del sistema político constituye una línea roja clara, y cualquier percepción de amenaza existencial ampliaría el abanico de opciones consideradas legítimas. Esto no implica necesariamente una búsqueda deliberada de guerra abierta, sino una estrategia orientada a elevar progresivamente los costes de la confrontación hasta un punto en el que su continuación resulte políticamente insostenible para el adversario.
Desde esta perspectiva, la noción de una solución rápida basada en el impacto inicial de la fuerza parece menos convincente que la de un proceso de desgaste prolongado, marcado por episodios de tensión recurrente y por una incertidumbre persistente. Más que un episodio de “shock and awe”, el riesgo es el de una secuencia de perturbaciones acumulativas que afecten a mercados energéticos, rutas comerciales y equilibrios políticos en múltiples regiones.
En última instancia, la lógica disuasoria iraní no promete una victoria militar clásica ni una derrota clara del adversario. Lo que sugiere es que incluso una acción limitada podría resultar lo suficientemente costosa como para replantear su conveniencia estratégica. En ese cálculo, necesariamente incierto y sujeto a errores de percepción, reside una de las razones por las que, pese a la retórica confrontacional, la vía diplomática rara vez desaparece por completo del horizonte.
El principal campo de batalla, al menos en una fase inicial, no sería únicamente el militar. Sería el espacio más abstracto, pero no menos decisivo, en el que se elaboran los análisis coste-beneficio que informan la toma de decisiones en Washington y entre sus aliados. Y es preciste en ese terreno donde la estrategia iraní busca ejercer su presión más efectiva: no prometiendo una victoria, sino cuestionando la viabilidad misma de la escalada.
