• Detrás de la Razón: Herida izquierda latinoamericana
jueves, 10 de septiembre de 2020 21:55

Muchos capítulos de la historia latinoamericana están dedicados a asonadas, golpes de Estado, cambios de gobierno, dictaduras, injerencia extranjera.

Pero, lo que marcó un punto de inflexión en esa región ocurrió en los primeros años del siglo XXI, cuando en América Latina confluyó un grupo de líderes progresistas como Néstor y Cristina Kirchner en Argentina, Luiz Inácio Lula da Silva, Dilma Rousseff en Brasil, Rafael Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia, Hugo Chávez en Venezuela, Pepe Mujica en Uruguay, entre otros.

Algunos politólogos han dado por llamarla la época dorada de la izquierda latinoamericana porque no solo se impulsó las economías de esos países, el progreso industrial, educativo y más, sino que se logró una cohesión regional pocas veces vista.

Pero, esa independencia que se había logrado, esa unidad latinoamericana, esa retirada de embajadas y tropas estadounidenses de varios puntos, esos nuevos lazos con países “lejanos” como Irán, tenía muchos detractores a nivel interno y externo. Desde las filas militantes de la derecha, con auspicios incluso económicos del Tío Sam, se agitaron vientos para cambiar el mapa político latinoamericano.

Se produjo una especie de efecto dominó. Iban cayendo estas figuras para lo que se instrumentalizó la persecución política, la desacreditación, la inhabilitación, las acusaciones de todo tipo.

A Lula lo condenaron por escándalos de corrupción para lo que se valieron de la llamada delación premiada, a Rousseff la sacaron del poder en un acelerado juicio político, carente de legitimidad. Hugo Chávez murió al igual que Néstor Kirchner, pero su legado continúa, aunque Cristina Kirchner enfrentó gran presión de los Gobiernos derechistas que los sucedieron.

El más reciente golpe contra este grupo, lo reciben Evo Morales y Rafael Correa. En 2019, se produjo un golpe de Estado en Bolivia que obligó la salida de Morales. Y al terminar Correa su mandato, Lenín Moreno, su vicepresidente de varios mandatos, emprendió una cacería de brujas contra la Revolución Ciudadana (RC), a la que defendía a capa y espada.

Ambos desde el exilio han tratado de seguir promoviendo sus programas de Gobierno y ante las elecciones generales venideras en ambos países, apostaron por participar, a pesar de causas judiciales abiertas en su contra.

El golpe de efecto de la derecha, de la partidocracia fue rápido: inhabilitarlos sí o sí para que no puedan volver a ganar en las urnas ante el amplio apoyo popular que tienen.

En Bolivia y Ecuador, como en otros puntos de la región, la revancha política se ha llevado a los escenarios de la judicialización. En Bolivia, la Sala de Constitucionalidad de El Alto ratificó la inhabilitación de Evo Morales a senador por Cochabamba y no atendió a la apelación de la defensa. El alegato: no cumplía el requisito de residencia de dos años en el país.

De acuerdo con la sentencia de marzo, Correa y el exvicepresidente Jorge Glass fueron considerados “autores mediatos por instigación al cohecho agravado” alegando una presunta participación de los exfuncionarios en la financiación de actividades proselitistas del partido político de Correa, Alianza País, con dinero de empresarios contratistas estatales.

La defensa de Correa ha cuestionado la acusación sobre supuesto “influjo psíquico”, es decir que “influyó” en los demás acusados, y los abogados enfatizaron que no hay pruebas contra el expresidente ecuatoriano.

Algo que sorprende en la sentencia confirmada contra Correa es la celeridad en la revisión. Solo en siete días el Tribunal de Casación de la Corte Nacional de Justicia de Ecuador habría revisado los recursos de casación de Correa y otros acusados, es de mencionar que la sentencia tenía 900 páginas.

Tanto Morales como Correa son los líderes de las fuerzas políticas más amplias de sus países, Movimiento al Socialismo (MAS) y Centro Democrático–Fuerza Compromiso Social en Ecuador, respectivamente, además ambos tienen alta aprobación a su gestión, tal vez la más alta.

Las reacciones a nivel regional e internacional han sido muchas tanto de correligionarios como opositores, pero una ha llamado mi atención. “Vemos con mucha preocupación las maniobras antidemocráticas para limitar el Estado de derecho y proscribir a líderes nacionales y populares que lograron disminuir la desigualdad, otorgar nuevos derechos para las mayorías, redistribuir la riqueza y reivindicar el rol del Estado”, indica el Partido Justicialista de Argentina en un comunicado.

Organismos imparciales son necesarios porque cómo probar la inocencia cuando no hay pruebas o si las hay forjadas, o se sentencia en base a indicios o presunciones.

Las armas que han usado la derecha, la oligarquía, con el respaldo de EE.UU., para impedir a Lula, Morales, Correa y otros participar en elecciones, han sido procesos judiciales, ha sido la delación premiada o la cooperación eficaz, con que se ejerce presión a los supuestos involucrados para hacer caer al político perseguido.

Los pueblos se identifican con el progreso de Morales y Correa porque fueron capaces de allanar el terreno para crear condiciones de desarrollo distanciadas al neoliberalismo, la derecha, entidades internacionales que desestabilizan la región como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM), y de las que Latinoamérica parece condenada a depender. Porque pudieron despertar la esperanza, la autoestima de pueblos sumisos y hasta cierto punto oprimidos.

Aun cuando Morales el 18 de octubre ni Correa el 2 de febrero estarán en las papeletas de votación, sus movimientos políticos ya han echado raíces que aunque se arranquen, volverán a germinar.

Por: Cristina Leiva.

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