Publicada: sábado, 17 de octubre de 2026 14:21

Mayid Mayidi, ganador del premio a la mejor película en el Festival de Cine de Busan, aprovechó su discurso de aceptación para rendir homenaje a sus compatriotas iraníes.

Por: Sheida Eslami *

Mayid Mayidi, ganador del premio a la mejor película en el Festival de Cine de Busan por “Qazaye Nimruz (Almuerzo del mediodía)”, aprovechó su discurso de aceptación para rendir homenaje a sus compatriotas iraníes, que han soportado sanciones ilegales y guerras de agresión sin renunciar a su dignidad, resiliencia y firmeza.

El nombre de la ciudad de Chabahar, en la provincia de Sistán y Baluchistán, ya había alcanzado reconocimiento internacional. Sin embargo, tras la reanudación de la guerra de agresión estadounidense-israelí contra Irán, el 28 de febrero de 2026, el nombre de esta región quedó grabado aún más profundamente en la memoria colectiva, marcado por la sangre y el sacrificio de sus víctimas.

En el Festival Internacional de Cine de Busan de 2026, esta región se convirtió en un prisma a través del cual la luz del arte, la resistencia, las privaciones y la lucha por sobrevivir bajo la sombra de la guerra y las sanciones se proyectó sobre el mundo del cine.

Allí, bajo los rayos verticales del sol del sur de Irán, que caen sobre una tierra sedienta y agrietada, entre las líneas alargadas que el viento dibuja sobre las colinas de Makrán y las manos frágiles de quienes luchan por acceder al conocimiento sin resignarse jamás, el cine ha vuelto a sus raíces genuinas y a su razón de ser a través de “Almuerzo del mediodía”: un espejo depurado en el que las vidas de quienes están atrapados en la adversidad pueden volver a brillar.

La noche de clausura del Festival Internacional de Cine de Busan, cuando la pantalla plateada cedió el protagonismo y el nombre de “Almuerzo del mediodía” resonó como ganador del premio a la mejor película asiática, la sala no se vio inundada por las habituales sonrisas y cortesías ceremoniales, sino sacudida por una conmoción emocional, filosófica y moral.

Mayid Mayidi, el reconocido cineasta iraní, cuyo rostro lleva las huellas de décadas compartidas con las comunidades marginadas del mundo y con la gente común que constituye el corazón de la sociedad iraní, extendió la mano para recoger el trofeo del festival. Sin embargo, su mirada trascendía los límites simbólicos del certamen y permanecía fija en los horizontes lejanos, ensangrentados y cubiertos de polvo de su patria.

Tras anunciarse su victoria, Mayidi subió al escenario para recibir el premio a la mejor película y dedicó su discurso a la situación que ha vivido el pueblo iraní en los últimos años bajo las sanciones ilegales de Occidente y las consecuencias de la guerra impuesta por Estados Unidos y el régimen sionista. Con una voz clara, auténtica e inquebrantable, rompió el silencio calculado y la cobarde actitud de autopreservación de las plataformas internacionales.

Al comienzo de sus palabras, Mayidi dedicó el premio a la mejor película del Festival de Cine de Busan al pueblo iraní y, al referirse a su resistencia frente a las presiones extranjeras, declaró: “El pueblo iraní se mantuvo en pie con valentía, se negó a someterse a la opresión y sigue resistiendo”.

A continuación, aludió a las sanciones económicas y médicas impuestas a Irán y subrayó que décadas de presión no habían logrado doblegar al pueblo iraní:

“Durante 48 años, el pueblo iraní ha estado sometido a las sanciones económicas y médicas más severas, pero no nos rendimos. Y cuando ellos —Estados Unidos y sus aliados, entre otros— vieron que no íbamos a rendirnos, nos sometieron a los ataques más brutales”.

En sus contundentes y evocadoras declaraciones, el galardonado cineasta iraní describió las décadas de sanciones y la reciente agresión militar como prolongaciones de las presiones destinadas a obligar al pueblo iraní a retroceder y capitular.

Otra parte de su discurso estuvo dedicada al ataque estadounidense-israelí contra la escuela Shajareh Tayyebeh, en Minab, el 28 de febrero, y al trágico martirio de al menos 168 estudiantes. Al recordar el amargo destino de los niños de Minab, afirmó: “El primer día del ataque, 168 niños inocentes fueron despedazados, y nunca se encontraron los cuerpos de algunos de ellos”.

Al plantear esta cuestión en una ceremonia cinematográfica internacional, Mayidi buscó llamar la atención de los asistentes al Festival de Cine de Busan sobre el sufrimiento de las familias y los niños que han sido víctimas de la guerra contra Irán.

Al referirse a la magnitud de la agresión, habló de los ataques contra zonas civiles. Señaló que se habían bombardeado viviendas, universidades y barrios residenciales, y que la nación iraní había perdido entre 4000 y 5000 personas como consecuencia de esta guerra de agresión ilegal y no provocada.

Al preguntarse por qué Irán había sido sometido a semejantes presiones y ataques injustificados, Mayidi también hizo hincapié en el deseo de independencia del pueblo iraní. Ante el público del Festival de Cine de Busan, preguntó: “¿Cuál creen que es el delito de nuestro pueblo? Solo quiere ser independiente… Nos mantendremos firmes hasta el final”.

Fue precisamente en ese momento cuando el arte salió de su caparazón de formalismo abstracto y demostró que, si una representación veraz de la realidad no nace del dolor de la tierra y de la dignidad de un pueblo, no es más que un artículo de lujo en manos de la industria del entretenimiento.

“Almuerzo del mediodía”, el undécimo largometraje de ficción de Mayidi y su primera película en seis años, desde “Jorshid (Sol)” —que le valió a su protagonista, Rouholá Zamani, el premio al mejor actor en el Festival de Cine de Venecia—, representa un significativo regreso estético del cineasta al lugar donde nació su vocación cinematográfica.

De hecho, tras tres décadas y media, Mayidi ha cerrado el círculo de su brillante trayectoria como cineasta al regresar a la región donde nació su cine, profundamente ligado a la identidad: la provincia iraní de Sistán y Baluchistán, la región de Chabahar y el escenario geográfico de su primer largometraje, Baduk.

Si Baduk, con los desgarradores gritos de adolescentes atrapados en las redes de traficantes fronterizos, sacudió el cine iraní, Mayidi transformó posteriormente la inocencia en un lenguaje compartido por la conciencia mundial con Los niños del cielo, la primera película iraní de la historia que figuró entre las cinco candidatas finales al Óscar, y con la luminosa naturalidad de El color del paraíso.

Durante las décadas siguientes, Mayidi puso a prueba la amplitud formal de su cine en todas sus dimensiones: desde su retrato empático del sufrimiento de los migrantes afganos en Batam y la obtención del Oso de Plata en Berlín con “Avaze gonyeshkha (El canto de los gorriones)”, hasta su audaz incursión en las grandes producciones internacionales con el proyecto histórico y religioso “Mohamad Rasulolá (Mohamad, el Mensajero de Dios)” y su exploración cinematográfica de la vida en los barrios marginales de la India en Más allá de las nubes.

Ahora, en “Almuerzo del mediodía”, Mayidi aborda su prolongada preocupación por los niños y adolescentes desde una perspectiva considerablemente más sombría y realista, despojada de toda ingenuidad romántica.

La historia de la película transcurre en Goran Kesh, una aldea desolada y escasa de agua situada cerca de Chabahar, una tierra extremadamente árida e inhóspita donde sobrevivir constituye, por sí mismo, una lucha agotadora. En el centro del drama se encuentra Davud Solan, un maestro honorable al que Mohamad Rahimi da vida con una interpretación matizada, introspectiva y profundamente contenida.

La situación profesional de Solan es precaria. Mientras sueña con comprar una vivienda modesta donde vivir junto a su anciana madre, dirige una escuela cuya supervivencia pende de un hilo. La institución solo puede seguir funcionando si garantiza a los niños la satisfacción de su necesidad biológica más básica: una comida caliente al mediodía; es decir, el almuerzo.

En el universo de la película, la relación entre la educación y la supervivencia se ha vuelto completamente tangible e interdependiente. Sin embargo, cuando el único benefactor de la escuela y su principal sostén económico muere repentinamente, y sus herederos se niegan a seguir financiando los almuerzos de los alumnos, una reacción en cadena amenaza con desmantelar toda la vida educativa de la región.

Sin comida, los niños que viven en tradicionales chozas de paja no encuentran motivos para asistir a la escuela. Con las aulas vacías, el centro cerrará definitivamente en un plazo de dos semanas y Davoud Solan perderá inevitablemente su empleo.

Solan y su madre abandonan la vivienda que tenían alquilada y se instalan en un rincón de una de las aulas, de modo que el poco dinero que antes destinaban al alquiler pueda emplearse en comprar harina y otros productos para preparar los almuerzos. Sin embargo, el sacrificio individual no basta para llenar el vacío de una catástrofe de semejante magnitud.

Para cubrir los gastos de la escuela, Davoud se ve obligado a introducirse en el peligroso negocio del contrabando de combustible y diésel, además de realizar otros trabajos precarios.

La extraordinaria calidad de “Almuerzo del mediodía”, que la distingue ampliamente de los dramas benéficos convencionales, reside en la decisión deliberada de Mayidi de no construir un personaje intachable, absolutamente virtuoso y libre de defectos. Davoud Solan es, en gran medida, un hombre honesto, pero está atrapado en una red de devastadores conflictos internos.

Con una paciencia, una reflexión y un proceso de descubrimiento extraordinarios, la película muestra cómo la desesperación por llegar a fin de mes empuja gradualmente la virtud humana a aceptar compromisos con la injusticia.

El conflicto entre el pragmatismo y la generosidad aparece inicialmente en pequeñas situaciones. ¿Dónde? En la dolorosa vacilación de Solan ante la posibilidad de aceptar a alumnos entusiastas de aldeas vecinas, porque cada niño adicional consume una parte de los alimentos destinados a los demás.

También se manifiesta en su sorprendente enfado con su madre por haber ofrecido comida a varios invitados, respetando las tradiciones de hospitalidad del pueblo baluchi de Irán.

En esencia, la película sugiere que, para un maestro incapaz de garantizar siquiera el pan del día siguiente a los alumnos de su aula, la generosidad tradicional se convierte en una amenaza para la supervivencia de toda la comunidad.

La poderosa interpretación de Mohamad Rahimi y la cuidadosa composición de los planos de Mayidi mantienen deliberadamente envueltas en una ambigüedad dramática las motivaciones internas de Solan hasta el final. Sin embargo, uno de los personajes plantea explícitamente la incómoda pregunta de hasta qué punto la lucha de Solan responde a su preocupación por los niños y en qué medida obedece al miedo personal a perder su escaso salario y la seguridad de su empleo.

En el universo de la película, ambas motivaciones no se anulan mutuamente. En los momentos de catástrofe, los seres humanos son una amalgama de ideales y temores. Precisamente en este plano, el inesperado ocultamiento por parte de Davoud de la presencia de un anciano frágil y enfermo que está bajo su cuidado profundiza las facetas luminosas y oscuras de este drama centrado en los personajes y lleva al espectador a empatizar con él.

A través de estas dimensiones humanas universales, la película de Mayidi evita caer en el abismo del nihilismo absoluto. Basta considerar el momento en que un estricto inspector administrativo, en plena y tensa inspección, percibe un destello de bondad y sacrificio en Davoud bajo las áridas capas de la normativa y decide hacer la vista gorda y ayudarlo. Este momento también pertenece a esa misma corriente de esperanza y auténtica conexión humana que caracteriza al cine iraní y a la obra de Mayidi.

No obstante, gracias a su realismo maduro, la película se niega a presentar estos actos aislados de compasión individual como la solución definitiva a la crisis. Por el contrario, deja el desenlace abierto a las preguntas aún sin resolver de la conciencia humana y rehúye imponer una conclusión autocomplaciente o artificialmente feliz. Y eso es el cine.

La unánime acogida que la película recibió de expertos y críticos cinematográficos internacionales en el Festival de Cine de Busan refleja su comprensión precisa de la profundidad de la visión de Mayidi y del audaz realismo de la obra.

En Variety, Kambole Campbell señaló que Mayidi nunca crea un héroe perfecto. Pese a sus sacrificios, Solan sucumbe a la ira y acepta compromisos despiadados con sus principios morales, mientras que la interpretación contenida de Rahimi hace profundamente creíbles esos límites cambiantes entre la benevolencia y la desesperada lucha por sobrevivir.

Elizabeth Kerr, en Screen Daily, también elogió el regreso de Mayidi al auténtico drama social y destacó la narración pausada y devastadora, su rechazo a los eslóganes políticos y su diálogo con las escarpadas colinas de Baluchistán.

Clarence Tsui, en The Film Verdict, se centró en el desgaste psicológico de los personajes y subrayó que los niños de esta película aprenden mucho antes de lo habitual las duras reglas de la supervivencia. Según Tsui, la fortaleza de Mayidi radica en negarse a convertir el juicio moral sobre Davoud Solan en una cuestión sencilla.

Por su parte, la revista surcoreana Cine21 puso el foco en la psicología de la desesperación y examinó el conflicto destructivo entre el compromiso de salvar la escuela y el sacrificio de la posibilidad de llevar una vida personal segura. La publicación identifica la contradicción interna del protagonista como el corazón palpitante de la película.

La mayor lección estética e intelectual de “Almuerzo del mediodía”, así como de la histórica presencia de Mayidi en el escenario internacional, reside en desmontar la falsa dicotomía entre la denigración antipatriótica del propio país y la propaganda oficial.

Durante años, las corrientes dominantes de los medios occidentales y ciertos círculos de festivales politizados han intentado imponer la idea falaz de que cualquier crítica a los males sociales o cualquier representación de la pobreza en el Sur Global equivale a renegar de las propias raíces, perder la identidad o alinearse con proyectos de sanciones, intervencionismo y presión extranjera.

Por el contrario, otros consideran que defender la patria y alzar la voz contra las arrogantes potencias hegemónicas exige cerrar los ojos ante las divisiones de clase, las ineficiencias burocráticas y el sufrimiento de los sectores desfavorecidos.

Con la obra maestra “Almuerzo del mediodía” y su firme manifiesto desde el estrado de Busan, el legendario cineasta iraní hizo añicos esta estéril ecuación. Demostró que la crítica intransigente de la película al abandono estructural, a una burocracia exhausta y a las dificultades para llegar a fin de mes en lugares como Goran Kesh —circunstancias que podrían reproducirse en cualquier parte del mundo— no constituye una denigración desleal del propio país destinada a ganarse la simpatía de los jurados occidentales.

Por el contrario, esa crítica brota de un amor profundo y una entrega ilimitada a la tierra, a los desfavorecidos y a los niños de Sistán y Baluchistán. Su sufrimiento puede tener sus raíces en casi 50 años de guerras estadounidenses y sanciones asfixiantes contra Irán, así como en las heridas que el colonialismo histórico occidental ha dejado en el país.

Este mismo cineasta, cuya cámara compone un lamento implacable por las privaciones de las comunidades de Chabahar que habitan chozas, encarna la expresión más elevada de la diplomacia cultural asiática y coloca su propio pecho como escudo ante la independencia de su patria.

Al vincular las palmeras quemadas de Baluchistán con la sangre de los niños inocentes de Minab y con la perseverancia histórica de la nación iraní, recuerda al mundo que el sufrimiento del pueblo iraní no es una señal de debilidad ni una expresión de voluntad de rendición. Es el elevado precio de mantenerse firme frente a las ambiciones hegemónicas históricas de las grandes potencias mundiales.

En la visión de Mayidi, la defensa de la independencia y la lucha por la justicia social son las dos caras de una misma moneda. Una sociedad que se niega a doblegarse ante la intimidación extranjera es la misma cuyos artistas lloran lágrimas de sangre por las privaciones que sufren los niños de sus regiones fronterizas más empobrecidas.

“Almuerzo del mediodía”, de Mayidi, trasciende su condición de acontecimiento cinematográfico triunfal y de importante paso en el camino hacia los Óscar. Es un manifiesto cultural en defensa de la humanidad y una exploración de las capas más profundas de la verdad de la vida humana y de los desafíos del espíritu humano, transmitidos mediante una historia brillante que reúne todos los atributos de un drama logrado.

El eco del histórico discurso de Mayidi i en Busan transmitió un mensaje inequívoco a la historia: el arte comprometido del Sur Global nunca ha necesitado una lente artificial de neutralidad ni rendir homenaje a los centros de poder.

Mayid Mayidi demostró que la autenticidad nace de las raíces. Mientras un cineasta arraigue el pulso de su obra en el suelo de su patria y exprese con valentía el sufrimiento de su pueblo, su canto nunca permanecerá confinado a lo local.

Por el contrario, se convertirá en el himno más resonante de la conciencia humana: una canción que se eleva desde desiertos abrasados y graba para siempre, en la cúspide de la civilización contemporánea, el peso del sufrimiento, la dignidad y la independencia del pueblo iraní.

* Sheida Eslami es una escritora, asesora de medios y crítica cultural afincada en Teherán.


Texto recogido de un artículo publicado en Press TV