Publicada: miércoles, 17 de abril de 2019 11:51

Europa es la cuna de la civilización occidental y a través de su colonialismo ha impuesto un culto a dicha cultura que para muchos es un vestigio de barbarie.

Este quince de abril, por motivos que aun no son completamente esclarecidos por parte de las autoridades francesas, la Catedral de Notre Dame fue consumida en una gran proporción (por lo menos hasta el momento de redactar estas líneas) por un incendio. El evento, por sí mismo, es lamentable, pues, como bien tiene a indicarlo ya el sentido común imperante, toda pérdida material de la cultura humana, con total independencia de la apropiación nacional que de esa cultura se trate, es, al mismo tiempo, una pérdida irreparable del archivo histórico y de la memoria colectiva de nuestra especie en su tránsito por este planeta y por esta vida.

En las sociedades americanas, en general; y en la mexicana, en particular; por ejemplo, los espacios informativos e iconográficos estuvieron saturados durante la mayor parte del día y de la noche por las imágenes de la Catedral ardiendo en llamas; y gran parte de la discusión en torno de la tragedia que el evento en sí mismo constituía, además, estuvo de igual manera dominada por las implicaciones que la ausencia de la Catedral tendrían para las generaciones de hombres y mujeres venideras, respecto de las posibilidades de establecer un anclaje cultural con un símbolo que, sin duda, es un referente insustituible para la construcción de una identidad nacional (piénsese, por ejemplo, en el espacio que ocupa el edificio en cuestión en la filmografía, la tradición pictórica y los relatos literarios franceses).

El hecho, no obstante, así como cualquier otra pérdida similar a lo largo y ancho de la geografía mundial, cobra otras dimensiones cuando en él es posible observar las contradicciones coloniales que constituyen la estructuración de un pasado colectivo común. Y es que, puesto en perspectiva con otras pérdidas de similar o mayor magnitud cuantitativa, el incendio total o parcial de la Catedral da cuenta de que siempre que se trata de Occidente, el vacío ante el cual parece postrarse la humanidad, invariablemente, tiende a sentirse con mayor profundidad y desahucio que si se tratase de cualquier vestigio arqueológico o monumento histórico de otras sociedades, otras civilizaciones y otras culturas.

En el mundo existen alrededor de mil cincuenta y dos sitios declarados por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) como patrimonio de la humanidad. De ese número, Italia concentra cincuenta y dos espacios; España, Cuarenta y siete; Alemania, cuarenta y cuatro; Francia, cuarenta y tres y el Reino Unido, treinta y uno. Es decir, las cinco principales potencias económicas de Europa concentran, ellas solas, doscientos diecisiete espacios declarados. En términos absolutos, cinco Estados concentran poco más del veinte por ciento de todo el patrimonio de nuestra especie. Sólo China, con cincuenta y uno; La India, con treinta y siete; y México, con treinta y cinco, son Estados no europeos con una concentración casi o un poco más amplia que cualquiera de sus pares europeos.

Este dato quizá podría resultar irrelevante teniendo en cuenta que son más de un millar los espacios que constituyen la memoria histórica-cultural de la sociedad humana. Sin embargo, dos son los problemas que es posible extraer de la numerología. El primero de ellos tiene que ver con el hecho de que son sólo las cinco principales potencias colonialistas las que detentan la propiedad privada (en términos de propiedad nacional, efectiva, por más que se argumente que son de toda la especie) del mayor número de monumentos, archivos, objetos, etc., que se presuponen representativos del clímax alcanzado por el desarrollo civilizatorio. Y el segundo, con el hecho de que son las sociedades en las que la colonización no terminó por devastar todo a su paso, durante los cinco siglos que ésta duró, las que aún pueden presumir, en el presente, algún vestigio del pasado.

Lo primero supone un problema porque es una continuación del discurso con pretensiones universales del eurocentrismo, que constantemente pelea porque se reconozca en Europa, en particular; y en Occidente, en general; la marca representativa de lo que toda la humanidad es en sí misma, a pesar de su diversidad —hoy reducida como nunca debido al intransigente empuje con el que el capitalismo moderno la lleva a su homogenización civilizatoria y cultural. Lo segundo, por otra parte, constituye un problema de igual magnitud porque lo que termina invisibilizándose en su reconocimiento por cuanto patrimonio declarado por la UNESCO es que ahí, en esos vestigios, lo que realmente se expresa es la contra cara de la cultura universalista de occidente: el saqueo, la destrucción, la colonización (en el más amplio significado del término), emprendidos por Occidente con argumentos que van desde la cristianización hasta la modernización de toda forma de vida que no sea, en los hechos, replica de sus valores y de sus instituciones.

En este sentido —hay que insistir en el reconocimiento de la tragedia que esto implica—, mientras que de un lado de la ecuación se reconoce la especificidad occidental como una expresión cultural de validez universal, en el otro, se invisibiliza que esa supuesta superioridad civilizacional de Occidente tuvo su condición de posibilidad en la destrucción, total o parcial, de otras muchas formas de realizar la vida en colectividad. En otras palabras, para expresarlo en la formulación ya clásica que Walter Benjamin realizara a mediados del siglo XX, en medio de la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial, “no hay documento de cultura que no sea a la vez un documento de barbarie. Y así como éste no está libre de barbarie, tampoco lo está el proceso de transmisión a través del cual los unos lo heredan de los otros”.

Y es que basta, por ejemplo, con observar cualquiera de las salas de los principales museos de arqueología y etnografía europeos para constatar que es ahí en donde el Occidente colonial muestra al mundo la grandeza de su actividad destructiva de otras culturas, presumiéndola al mundo en aparejos y vitrinas a las que se acercan los extranjeros de las sociedades que con anterioridad fueron sus colonias para admirarse de la magnitud del saqueo y la devastación. En el WeltmuseumWien (Museo de Etnología de Viena), sin ir más lejos, se conserva y expone a un aproximado de doscientos mil objetos pertenecientes a culturas no europeas, entre los que se encuentra el emblemático Penacho de Moctezuma, suplido en el Museo Nacional de Antropología, de México, por una réplica. Y así como éste, los ejemplos sobran.

Pero la realidad de la tragedia es que no es sólo ese pasado apropiado por Occidente como artefacto de museo (como artefacto de su cultura que oculta la barbarie cometida en contra de las poblaciones a las que despojó de sus reliquias museográficas) lo que se juega, aun, en el presente. Ahora mismo, en el mundo se desarrollan guerras sanguinarias en las cuales participan de manera activa las potencias europeas, ya sea financiando guerrillas (como grupos terroristas locales), desplegando a sus ejércitos, traficando armas para amigos y enemigos, vetando resoluciones de pacificación en la Organización de Naciones Unidas o justificando, sin más, los conflictos armados en curso en nombre de sus propios valores que reafirma como supremos derechos universales del hombre y el ciudadano (o, en sentido más moderno y políticamente correcto, derechos del hombre).

Palmira, la ciudad vieja de Alepo, Damasco, Homs, en Siria; Tombuctú, en Mali; el Valle de Bamiyan, al norte de la ciudad de Kabul, en Afganistán; Hatra, en Irak; o la Ciudad vieja de Saná, en Yemen (todas ellas ciudades en las que se preservaba la memoria de las primeras civilizaciones en la tierra; muchas de ellas, incluso, ciudades bíblicas); son ejemplos muy próximos al presente que dan cuenta de la destrucción que causan los intereses geopolíticos de Occidente (incluyendo a Estados Unidos) y que hoy, además, arrojan luces sobre la poca importancia que cobra, tanto para los Estados occidentales como para un gran número de personas alrededor del mundo, la devastación de sitios que no únicamente formaban parte del acervo de la UNESCO de sitios declarados patrimonio de la humanidad, sino que, además, eran lugares, objetos y símbolos en los que se concentraba la memoria de un sinfín de colectividades, de sociedades, de culturas y civilizaciones; sobrevivientes al saqueo y a la demolición de la expansión colonial entre los siglos XV y XX.

Por eso, quizá, no habría que minimizar la tragedia que se muestra el hecho de que la humanidad (o por lo menos las poblaciones dentro del espacio geocultural occidental) se sienta tan mortificada por la pérdida de la Catedral de Notre Dame, cuando en los hechos una infinidad de veces ha pasado por alto, —ya sea por decisión consciente o por simple ignorancia—, la aniquilación de la historia de la humanidad en otras latitudes. Y es que, hay que insistir, la tristeza por el edificio francés en cuestión nadie la niega. El problema viene cuando el eurocentrismo y la hipocresía humanitaria se apropian sin más del discurso en torno de la necesidad de preservar las huellas de nuestra historia.

Escrito por Ricardo Orozco, Consejero Ejecutivo del Centro Mexicano de Análisis de la Política Internacional.

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