El martes, meses después del acuerdo alcanzado entre Estados Unidos y Corea del Sur, llegaron al suelo surcoreano las primeras piezas del Sistema de Defensa Aérea de Alta Altitud, conocido como THAAD.
Una maniobra que trata, según sus defensores, de contrarrestar el poderío misilístico de Corea del Norte. Pero China no cree que así sea realmente.
Pekín afirma que el THAAD desequilibra el equilibrio estratégico regional. A los propios surcoreanos tampoco les gusta este artilugio militar y llevan 200 noches seguidas manifestándose para exigir a su Gobierno que abandone el plan de despliegue.
Otros países como Rusia también han rechazado la instalación del THAAD en Corea del Sur, calificando el acto de “amenaza directa de seguridad”.
Este polémico sistema dispara contra misiles balísticos de corto y mediano alcance en la fase final de su vuelo. Utiliza tecnología de “golpe en el blanco”, en que la energía cinética destruye la ojiva entrante.
Tiene una autonomía de 200 kilómetros y puede alcanzar una altitud de 150 kilómetros. Muchos surcoreanos afirman que el sistema acabará convirtiéndose en blanco de ataques y, más allá de ser una excusa perfecta de guerra, lo importante es que pondrá en peligro la vida de millones de surcoreanos.
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