Publicada: miércoles, 20 de septiembre de 2017 10:13

En este informe, revisamos el papel, directo o indirecto, de tres de los ganadores del Premio Nobel de la Paz en la masacre de los musulmanes en diferentes partes del mundo.

Como se percibe de su nombre y según se define en el testamento de su fundador, Alfred Nobel, el Premio Nobel de la Paz ha de honrar a quienes hayan hecho el mejor trabajo a favor de la fraternidad entre las naciones y la promoción de paz y derechos humanos en el mundo.

Menájem Beguín

Este expremier israelí recibió el Premio Nobel de la Paz en 1978. Es conocido por haber perpetrado la masacre de Deir Yassin, aldea ubicada entre las ciudades Al-Quds (Jerusalén) y Tel Aviv.

Entre los días 9 y 11 de abril de 1948, los milicianos de las organizaciones paramilitares sionistas Irgún y Leji atacaron al pueblo de Deir Yassin, que entonces contaba con 750 habitantes, y mataron a más de 300 palestinos, en su mayoría mujeres y niños. Es más, dejaron adredemente los cadáveres insepultos.

Tras este crimen, los milicianos sionistas arrestaron a los palestinos que sobrevivieron al ataque y los transportaron en camiones hasta la ciudad de Tel Aviv, donde fueron apedreados por colonos israelíes.

Tras esta masacre, Jack Rinier, representante oficial de la Cruz Roja en aquel entonces, visitó el pueblo, aun cercado por los israelíes. En su informe, Rinier detalló, entre otros casos, que los terroristas sionistas habían decapitado a 52 menores y les habían colocado las cabezas sobre sus cuerpos; y también habían rajado el vientre de unas 25 mujeres embarazadas para arrancarles a sus hijos.

Shimon Peres

Este expresidente israelí fue ganador del Premio Nobel de la Paz en 1994. No obstante, años después ordenó una masacre que costó la vida a más de 100 de civiles en el sur de El Líbano.

La masacre tuvo lugar el 18 de abril de 1996, luego de que las fuerzas de guerra israelíes bombardearan un campo de las Naciones Unidas en Qana, supuestamente en respuesta a los enfrentamientos con las fuerzas del Movimiento de la Resistencia Islámica de El Líbano (Hezbolá).

Luego del incidente, las autoridades israelíes se mostraron “desinformados” de que en el campo había civiles, pero la Organización de las Naciones Unidas (ONU), a su vez, enfatizó que había avisado en reiteradas ocasiones de que en el campo no había ningún objetivo militar y, por tanto, que era imposible que las fuerzas israelíes no estuvieran al tanto de la situación en dicho lugar.

El propio Peres, que en aquel tiempo ejercía como ministro de asuntos militares y primer ministro israelí en funciones (debido al asesinato del primer ministro Yitzhak Rabin en 1995), insistió en que las fuerzas israelíes no sabían que se alojaban allí cientos de civiles.

Sin embargo, su justificación resultó ser infundada, dado que las investigaciones de la ONU demostraron que un dron israelí había espiado el campo durante varias horas y era imposible que los funcionarios israelíes no estuvieran al tanto de la existencia de una población civil.

Medios israelíes creen que la masacre de Qana fue en realidad una iniciativa de Peres para aumentar su popularidad entre los israelíes extremistas y ganar las elecciones frente al actual primer ministro, Benyamin Netanyahu, algo que no consiguió nunca.

Aung San Suu Kyi

Esta actual líder de facto de Myanmar (Birmania) fue galardonada con el Premio Nobel de la Paz en 1991. Es responsable del actual genocidio de la minoría Rohingya en su país.

La minoría musulmana Rohingya es un grupo étnico musulmán que ha vivido durante siglos en Myanmar, un país de mayoría budista. Hoy en día, casi un millón de los rohingyas residen en este país del sudeste asiático.

Las autoridades birmanas no consideran a los rohingyas como uno de los 135 grupos étnicos oficiales del país y, por ello, se les ha negado la ciudadanía desde 1982, medida que les ha convertido en apátridas.

Casi todos los rohingyas en Myanmar viven en el estado occidental de Rajine, uno de los más pobres del país. Debido a la violencia y la persecución gubernamental en los últimos años, cientos de miles de miembros de esta comunidad se han visto obligados a huir a los países vecinos cruzando por un duro camino.

De acuerdo con los datos más recientes de la ONU, publicados el pasado mes de mayo, más de 140.000 rohingyas han huido de Myanmar desde 2012.

Según las estimaciones de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), solo entre octubre de 2016 a julio de 2017, más de 87.000 rohingyas huyeron a Bangladés como consecuencia de la ola de violencia ejercida por las fuerzas de seguridad del país birmano.

El Gobierno birmano, en el que Aung San Suu Kyi se desempeña como ministra de Exteriores y consejera de Estado, se ha negado a discutir la difícil situación de los rohingyas y afirma que la represión militar contra esta comunidad musulmana es una medida “antiterrorista”.

Al tener en cuenta estos tres casos, se destacan varios puntos. Primero, el carácter protocolario del prestigioso Premio Nobel de la Paz que, según acaban de mostrar los ejemplos citados, se entrega a base una política de doble rasero y los intereses de ciertas partes.

El segundo punto es el silencio y la pasividad de la comunidad internacional y los organismos internacionales pertinentes para actuar de forma adecuada al respecto e impedir que personalidades como tal cometieran crímenes contra la humanidad.

Acabar de una vez por todas con estas desgracias en la esfera política internacional requiere de una postura unánime contra los políticos interesistas y evitar el sufrimiento de las minorías étnicas y religiosas como las primeras víctimas.

Escrito por Mohsen Khalif Zade

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