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Publicada: miércoles, 4 de septiembre de 2013 10:27
Actualizada: lunes, 27 de marzo de 2017 3:04

El 6 de agosto, aniversario del ataque nuclear estadounidense sobre Hiroshima en 1945, Japón botó el portaaviones Izumo, el mayor navío construido en el país desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

El viceprimer ministro, Taro Aso, una figura conocida por sus puntos de vista nacionalistas, acudió a la ceremonia, que se convirtió en una exaltación del militarismo y el nacionalismo japoneses. La bandera de la Marina imperial japonesa, el Sol Naciente, fue vista en el portaaviones. El portaaviones recibió el nombre de un buque japonés que tomó parte en la invasión de Shanghai en 1937 por las tropas japonesas.

Otro portaaviones será botado en 2016 y esto reforzará aún más el poder naval de Japón y su capacidad para llevar a cabo operaciones en la región. La botadura del portaaviones japonés ha sido vista como una señal política de que el gobierno de Shinzo Abe está claramente determinado a cambiar la Constitución Japonesa aprobada después de la Segunda Guerra Mundial para eliminar la así llamada “cláusula pacifista” y promover una política de rearme. Abe ha estado intentando desde hace mucho tiempo reescribir el Artículo 9 de la Constitución, que prohíbe “el mantenimiento de fuerzas de tierra, mar y aire”. Él quiere que el Ejército japonés, oficialmente conocido como “Fuerzas de Autodefensa”, sea liberado de las restricciones incluidas en la Constitución con el fin de hacer que Japón sea “una nación orgullosa” de nuevo. En la actualidad, sin embargo, las Fuerzas de Autodefensa Japonesas son ya uno de los Ejércitos más poderosos en la región de Asia-Pacífico.

Según la Constitución, Japón no puede enviar sus tropas a países extranjeros. Sin embargo, las élites gobernantes japonesas quieren que las fuerzas militares del país tomen parte en operaciones en diferentes partes del mundo. El gobierno japonés ha desplegado ya algunas tropas en “actividades de reconstrucción” para ayudar a las fuerzas estadounidenses en Afganistán e Irak. Abe, al igual que muchos miembros del establishment político del país, continúa negando las atrocidades cometidas por el Ejército Imperial japonés durante la Segunda Guerra Mundial. En Abril, Abe manifestó que él no estaba vinculado por la declaración del ex primer ministro Tomiichi Murayama, realizada en 1995, en la que éste reconoció que Japón había lanzado guerras de agresión. Abe afirmó que la “agresión” podía ser vista de diferentes formas dependiendo del lado con el que uno se identificara. Sin embargo, tras una ola de protestas y críticas en Japón y el extranjero, él intentó suavizar su declaración afirmando que la interpretación de la historia debía dejarse en manos de los historiadores.

Abe ha visitado también el Santuario de Yasukuni, donde reposan las cenizas de los muertos de guerra, incluyendo 14 japoneses condenados como “criminales de guerra”, aunque él no ha repetido estas visitas desde que fue elegido primer ministro. Aso y otros miembros del gobierno han visitado también el Mausoleo, que es visto como un símbolo del militarismo japonés del tiempo de la guerra. Estas visitas han indignado a China y ambas Coreas, que fueron víctimas del militarismo japonés durante la guerra. China fue invadida y sus ciudades fueron devastadas por el ejército y la fuerza aérea japoneses. Uno de los más notorios crímenes del Ejército Imperial Japonés fue la Matanza de Nanking, donde unos 300.000 civiles chinos fueron masacrados por las tropas japonesas.

El ministro de Exteriores de Corea del Sur expresó en una declaración su “profunda preocupación y lamento” por las visitas a un lugar “que glorifica las guerras de agresión de Japón”. China ha advertido, por su parte, que las visitas al santuario son “un obstáculo” para el desarrollo de las relaciones bilaterales. El primer ministro japonés también ha hablado de la necesidad de adquirir capacidades militares para realizar ataques preventivos contra “naciones hostiles”, que, según él, son esenciales con el fin de contrarrestar la amenaza de ataques con misiles de esos países. Después de que Abe tomó el poder como primer ministro en diciembre de 2012, el gobierno japonés incrementó su gasto militar por primera vez en más de una década. Esta decisión tuvo lugar en el marco de la crisis económica que padece el país. La deuda pública japonesa se ha incrementado hasta en un 200% del PIB y, de este modo, la agenda del rearme, que es muy costosa, tendrá que ser financiada con nuevos impuestos y préstamos, lo que dañará aún más la economía japonesa.

Políticas anti-chinas El gobierno y los medios de comunicación chinos han reaccionado a la botadura del Izumo afirmando que Tokio estaba tratando de restaurar “la antigua gloria imperial”, cuando su Marina era la segunda en el mundo y disponía de más de veinte portaaviones. Una declaración del Ministerio de Defensa chino señaló: “Estamos preocupados por la constante expansión de los equipos militares japoneses. Los vecinos asiáticos de Japón y la comunidad internacional necesitan permanecer muy vigilantes en relación a esta tendencia”. El Libro Blanco de la Defensa japonés, publicado en Julio de 2013, identifica a China como la principal amenaza y pone el énfasis en el incremento de las capacidades militares de Japón y en el establecimiento de vínculos más fuertes con EEUU. En contraste, el Libro Blanco de la Defensa del pasado año mencionaba a Corea del Norte como la principal amenaza.

Por otro lado, después de ganar las elecciones en diciembre de 2012, el Partido Liberal Democrático de Abe prometió fortalecer militarmente a Japón para que pudiera enfrentarse a una cada vez más poderosa China, que en 2012 superó a Japón como segunda economía mundial. Alentado por Washington, Japón ha protagonizado una escalada en su conflicto con China sobre las diminutas islas Senkaku/Diayovu, cuya soberanía es objeto de disputa por ambos países. Japón mantiene otra disputa territorial con Corea del Sur con respecto a las islas Dokdo/Takeshima. Japón ha estado animando también a la India durante muchos años a entrar en una alianza militar antichina. Abe fue un promotor del “eje cuadrilateral”-que incluiría a EEUU, Japón, Australia e India- durante su primer término en el cargo en los años 2008 y 2007. China, por su parte, llamó a este eje “una OTAN asiática”.

Abe ha visitado también algunas naciones del Sudeste Asiático, tales como Filipinas, Tailandia e Indonesia, con el fin de expandir las relaciones económicas de Japón en la región y tratar, al mismo tiempo, de provocar un realineamiento de estos países contra China, incluyendo aquellos que han mantenido tradicionalmente estrechos vínculos con Pekín, como Birmania. Por su parte, la Administración Obama está alentando el rearme japonés con el fin de convertir a Japón en un miembro activo de una red de alianzas en la región de Asia y el Pacífico, que está claramente dirigida contra Pekín. Hay una convergencia de intereses entre los círculos de extrema derecha japoneses y la Administración estadounidense, que busca rodear y debilitar a China y ve a Japón como una valiosa base para su despliegue militar en Asia. Hay en la actualidad unos 50.000 soldados estadounidenses estacionados en bases en Japón.

En años recientes, EEUU y Japón han desarrollado de forma conjunta un sistema de defensa antimisiles dirigido a destruir misiles balísticos. Además, tropas estadounidenses y japonesas han celebrado recientemente maniobras militares en Camp Pendleton, una base de marines localizada cerca de San Diego, y en la Isla de San Clemente en California. EEUU ha vendido también armas ofensivas a Japón, incluyendo aviones F-35. Sin embargo, existe preocupación en los países occidentales por la posibilidad de que el renacimiento del militarismo y nacionalismo japoneses pueda convertirse en una espada de doble filo. Aunque Abe ha expresado repetidamente su apoyo a la alianza entre Japón y EEUU, los círculos gobernantes japoneses tienen sus propios intereses y nunca han renunciado a su ambición de convertir a Japón en el poder dominante en la región de Asia y el Pacífico. Washington está preocupado por algunas de las posturas del gobierno japonés a las que considerada peligrosas.

Un reciente informe del Wall Street Journal afirmó que el gobierno estadounidense estaba alarmado por la política nuclear de Japón. Tokio está preparándose para poner en marcha una planta nuclear que produciría hasta 9 toneladas de plutonio de grado militar cada año, es decir suficiente para fabricar hasta 2.000 cabezas nucleares. Washington se opone al plan japonés sobre la base de que puede alimentar una carrera nuclear armamentista en la región y más allá. Por otro lado, los vecinos de Japón, incluyendo China y Rusia, han adoptado también medidas con el fin de advertir a Abe en contra de las aspiraciones militares japonesas. El 14 de agosto, Moscú envió 16 barcos de guerra al norte de la isla japonesa de Hokkaido. China, por su parte, llevó a cabo unas maniobras navales de 10 días en el Mar de la China Oriental a partir del 15 de Agosto. Pekín ha presentado también un plan para desarrollar sus fuerzas navales. Los planes de Abe hacen frente también a una resistencia en Japón. Abe y su partido carecen de los apoyos parlamentarios (dos tercios) para cambiar la Constitución. El Partido Nuevo Komeito, el socio de coalición de Abe, se opone con fuerza a sus planes militares.

La opinión pública japonesa no es tampoco particularmente entusiasta acerca de los planes militaristas. Más del 50% del electorado no votó en las últimas elecciones (un récord en el país) y, según las encuestas, la mayoría de la población está en contra de un cambio en la Constitución, que ha servido como fundamento de la seguridad colectiva en toda la región de Asia y el Pacífico en las últimas décadas. Muchos japoneses creen también que las políticas nacionalistas y antichinas suponen un gran riesgo para Japón y podrían destruir el delicado equilibrio en la región. Ellas podrían alimentar una carrera de armamento en Asia y una escalada que provoque un conflicto regional e incluso global que tendría consecuencias muy serias para Japón. El movimiento pacifista japonés ha iniciado una campaña dirigida a impedir que el gobierno cambie el Artículo 9 y la cláusula pacifista.

Por: Yusuf Fernandez